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Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en LinkedINUna página que poco a poco se ha convertido en un capítulo que cuenta cómo las botellas, las tazas, las copas y los platos se han hecho un hueco donde antes sólo cabía el papel.
De ahí que cada vez sea más frecuente encontrar cafeterías con libros o librerías con café, o con vino, que es otro de los elementos que marida bien con las letras.
"Estamos observando cómo la iniciativa de instalar córners de alimentación, de productos gourmet o de bebidas en negocios que nada tienen que ver con la restauración es cada vez más habitual, y un reclamo para los clientes", sostiene Emilio Gallego, secretario general de la Federación Española de la Hostelería (FEHR), quién prevé que esta tendencia crezca y evolucione. Eso sí, no a cualquier precio.
Aunque Gallego celebra que el sector de la restauración esté preparado para asimilar nuevos competidores, incluidos los que inicialmente proceden de otros ramos de actividad, sí recuerda que todo lugar en el que se manipulen alimentos y bebidas ha de contar con un personal formado en seguridad alimentaria. "Todas las ideas son bienvenidas siempre que las normas sean iguales para todos. Si esto es así, este tipo de iniciativas son lógicas y normales", apostilla.
Iniciativas que en ciudades como Madrid ya cuentan con varios ejemplos. Y es que a los cafés decimonónicos que siempre han acogido literatura y literatos como el Café Gijón o el Café Comercial se han sumado ahora las librerías en las que además de libros se puede pedir de beber y, en algunos casos, hasta de comer.
Librerías entre las que se encuentran algunas de larga trayectoria o espacializadas en un segmento determinado, como el cine. Ése es el caso de Ocho y Medio.
Además de las anteriores, el centro de Madrid, especialmente el barrio de Lavapiés, próximo a los Museos de Reina Sofía, el Thyssen y El Prado, también ha sido testigo de cómo el café ha llegado a las librerías o de cómo los libros conviven con las cafeteras en, por ejemplo, La Libre, La Marabunta o La Fugitiva.
Fuente: El Economista.es
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